Cuatro traducciones diferentes del famoso poema.
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Recuerda
aquel objeto que vimos, alma mía, en aquella
mañana pura: una inmunda
carroña, en medio de la vía, sobre un
lecho de piedra dura. con las
piernas al aire, como una voluptuosa, mujer,
destilando veneno, abría en
forma cínica, brutal y escandalosa su vientre de
inmundicias lleno. Como para
tostarla, fulguraba sobre esa podredumbre,
radiante, el sol, devolviendo
cien veces a la naturaleza cuando
solícita ella unió. El cielo
contemplaba los restos, que se abrían bajo el azul
como una flor. Creí que al
acercarnos te desvanecerías, tan
penetrante era su hedor. Los insectos
bullían en los pútridos huesos de donde
salían legiones de larvas,
que corrían, como un líquido espeso, sobre esos
vivientes jirones. Todo aquello
subía, descendía inundante, chispeante
como ardiente lava; parecía que
el cuerpo, otra vez palpitante, vivía y se
multiplicaba. Y exhalaba
ese mundo una música rara como el agua
al rodar o el viento o el grano
que en su harnero el ahechador prepara con un rítmico movimiento. Las formas
deshacíanse y eran ya sólo un sueño, un esbozo que
se borraba lentamente en
la tela olvidada, un diseño que el pintor
de memoria acaba. Con inquietud
un perro, detrás de la maleza nos espiaba
con gesto airado, esperando el
instante de arrancar a su presa el trozo que
había abandonado. —¡Ay! un día
serás como aquella basura, como aquella
horrible infección, ¡oh estrella
de mis ojos, oh sol de mi llanura, tú, mi ángel
y mi pasión! Sí, tú serás
así, oh reina de la gracia, tras el
sacramento final, cuando bajes,
deshecha, bajo las hierbas hacia la muda
sombra sepulcral. ¡Cuéntale,
amada, entonces, al inmundo gusano que esté
devorando tus restos que aún
guardo la forma y el soplo sobrehumano de mis amores
descompuestos. [Trad. Andrés
Holguín] |
Recuerda,
alma, el objeto que esta dulce mañana de verano
hemos contemplado: al torcer de
un sendero una carroña infame en un cauce
lleno de guijas, con las
piernas al aire, cual lúbrica mujer, ardiente y
sudando venenos, abría
descuidada y cínica su vientre lleno todo de
emanaciones. Irradiaba
sobre esta podredumbre el sol, como para cocerla
al punto justo, y devolver el
céntuplo a la Naturaleza lo que
reunido ella juntaba; y el cielo
contemplaba la osamenta soberbia lo mismo que
una flor abrirse. Tan fuerte
era el hedor que creíste que fueras sobre la
hierba a desmayarte. Los insectos
zumbaban sobre este vientre pútrido, del que
salían negras tropas de larvas,
que a lo largo de estos vivos jirones —espeso líquido — fluían. Todo igual-
que una ola subía o descendía, o se alzaba
burbujeante; diríase que
el cuerpo, de un vago soplo hinchado multiplicándose
vivía. Prodigaba este
mundo una música extraña, cual viento y
cual agua corriente, o el grano
que en su harnero con movimiento rítmico un cribador
mueve y agita. Las formas se
borraban y no eran más que un sueño, un bosquejo
tardo en llegar, en la tela
olvidada, y que acaba el artista únicamente de
memoria. Detrás de los
roquedos una perra nerviosa como irritada
nos miraba, esperando
coger nuevamente el pedazo del esqueleto
que soltó. —¡Y serás sin
embargo igual que esta inmundicia, igual que
esta horrible infección, tú, mi pasión
y mi ángel, la estrella de mis ojos, y el sol de
mi naturaleza! ¡Sí! Así
serás, oh reina de las gracias, después de los
últimos sacramentos, cuando a
enmohecerte vayas bajo hierbas y flores en medio de
las osamentas. ¡Entonces, oh
mi hermosa, dirás a los gusanos que a besos
te devorarán, que he
guardado la esencia y la forma divina de mis amores
descompuestos! De: «Las
flores del mal» – XXIX – 1857 Traducción de
Alain Verjat y Luis Martínez de Merlo Ed. Cátedra –
Letras Universales 2013© (1ª ed. 1991) ISBN:
978-83-376-3170-7 |
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Recuerdas el
objeto que vimos, mi alma, Aquella
hermosa mañana de estío tan apacible; A la vuelta
de un sendero, una carroña infame Sobre un
lecho sembrado de guijarros, Las piernas
al aire, como una hembra lúbrica, Ardiente y
exudando los venenos, Abría de una
manera despreocupada y cínica Su vientre
lleno de exhalaciones. El sol
dardeaba sobre aquella podredumbre, Como si fuera
a cocerla a punto, Y restituir
centuplicado a la gran Natura, Todo cuanto
ella había juntado; Y el cielo
contemplaba la osamenta soberbia Como una flor
expandirse. La
pestilencia era tan fuerte, que sobre la hierba Tú creíste
desvanecerte. Las moscas
bordoneaban sobre ese vientre podrido, Del que
salían negros batallones De larvas,
que corrían cual un espeso líquido A lo largo de
aquellos vivientes harapos. Todo aquello
descendía, subía como una marea, O se volcaba
centelleando; Hubiérase
dicho que el cuerpo, inflado por
un soplo indefinido, Vivía
multiplicándose. Y este mundo
producía una extraña música, Como el agua
corriente y el viento, O el grano
que un cosechador con movimiento rítmico, Agita y
revuelve en su harnero. Las formas se
borraron y no fueron sino un sueño, Un esbozo
lento en concretarse, Sobre la tela
olvidada, y que el artista acaba Solamente
para el recuerdo. Detrás de las
rocas una perra inquieta Nos vigilaba
con mirada airada, Espiando el
momento de recuperar del esqueleto El trozo que
ella había aflojado. —Y sin
embargo, tú serás semejante a esa basura, A esa
horrible infección, Estrella de
mis ojos, sol de mi natura, ¡Tú, mi ángel
y mi pasión! ¡Sí! así
estarás, oh reina de las gracias, Después de
los últimos sacramentos, Cuando vayas,
bajo la hierba y las floraciones crasas, A
enmollecerte entre las osamentas. ¡Entonces,
¡oh mi belleza! Dile a la gusanera Que te
consumirán a besos, Que yo he
conservado la forma y la esencia divina De mis amores
descompuestos! |
Alma mía,
recuerde aquello que miramos Esa bella
mañana de tan suave verano: A vuelta de
un sendero una carroña infame Sobre un
lecho sembrado de guijarros, Las patas
levantadas, como de hembra lasciva Ardiente y
exudando sus venenos, Despreocupada
y cínica ella abría Su vientre de
exhalaciones pleno. El sol daba
de lleno sobre esa podredumbre, Como para
cocerla a punto, Y devolver
cien veces a la naturaleza Lo que ésta
puso junto; Y el cielo
miraba la carcasa soberbia abierta como
se abre una flor. La fetidez
era tan fuerte, que en la hierba Creyó usted
desvanecerse a causa del hedor. Las moscas
susurraban sobre ese vientre pútrido, Del que
salían las larvas en negros batallones Que como un
líquido espeso fluía a borbotones A lo largo de
esos harapos palpitantes. Aquello
descendía, subía como ola O brotaba
brillante Se diría que
el cuerpo, por vago aliento hinchado, vivía
propagándose. Y ese mundo
ofrecía una canción extraña, Como el agua
que corre y como viento, el grano que el que
criba con movimiento rítmico Agita y luego
vuelca en su furgón. Las formas se
borraban y sólo eran un sueño, Un lento
esbozo que aparece En la tela
olvidada, que el artista acaba Sólo por el
recuerdo. Detrás del
pedregal, había una perra inquieta Que con los
ojos torvos nos miraba Espiando el
momento de volver al esqueleto Para buscar
el pedazo que había soltado allí. —Usted será,
con todo, como aquella basura, Como esa
horrible infección, Estrella de
mis ojos, de mi naturaleza sol, ¡Usted, mi
ángel, mi pasión! ¡Sí! Así
será, oh reina de las gracias, Cuando reciba
los últimos sacramentos Cuando,
debajo de la hierba y de las flores carnosas, A pudrirse
vaya entre las osamentas. Entonces, ¡mi
belleza!, ¡dígales a los gusanos Que la
comerán a besos, Que conservé
la forma y la divina esencia De mis amores descompuestos!
Charles Baudelaire (París, 1821-1867),
"Les Fleurs du Mal", XXIX, París 1857, en Œuvres complètes, edición
de Claude Pichois, 2 tomos, Paris, Gallimard, Bibliotheque de la Pléiade,
1975-1976 Traducción de Jorge Fondebrider |
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