Cantó una noche el alma del vino en las botellas: «¡Hombre, elevo hacia ti, caro desesperado, Desde mi vítrea cárcel y mis lacres bermejos, ...
Cantó una noche el alma del vino en las botellas:
«¡Hombre, elevo hacia ti, caro desesperado,
Desde mi vítrea cárcel y mis lacres bermejos,
Un cántico fraterno y colmado de luz!»
Sé cómo es necesario, en la ardiente colina,
Penar y sudar bajo un sol abrasador,
Para engendrar mi vida y para darme el alma;
Mas no seré contigo ingrato o criminal.
Disfruto de un placer inmenso cuando caigo
En la boca del hombre al que agota el trabajo,
y su cálido pecho es dulce sepultura
Que me complace más que mis frescas bodegas.
¿Escuchas resonar los cantos del domingo
y gorjear la esperanza de mi jadeante seno?
De codos en la mesa y con desnudos brazos
Cantarás mis loores y feliz te hallarás;
Encenderé los ojos de tu mujer dichosa;
Devolveré a tu hijo su fuerza y sus colores,
Siendo para ese frágil atleta de la vida,
El aceite que pule del luchador los músculos.
Y he de caer en ti, vegetal ambrosía,
Raro grano que arroja el sembrador eterno,
Porque de nuestro amor nazca la poesía
Que hacia Dios se alzará como una rara flor!»
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Una noche, el alma del vino cantó en las botellas:
"¡Hombre, hacia ti elevo, ¡oh! querido desheredado,
Bajo mi prisión de vidrio y mis lacres bermejos,
Una canción colmada de luz y de fraternidad!
Sobre la colina en llamas, yo sé cuánto se requiere
De pena, de sudor y de sol abrasador
Para engendrar mi vida y para infundirme el alma;
Mas, no seré ni ingrato ni dañino,
Pues que experimento un regocijo inmenso cuando caigo
En el gaznate de un hombre consumido por su labor,
Y su cálido pecho es una dulce tumba
En la cual me siento mucho mejor que en mis frías bodegas.
¿Oyes resonar las canciones dominicales
Y la esperanza que gorjea en mi pecho palpitante?
Los codos sobre la mesa y arremangado,
Tú me glorificarás y te sentirás contento;
Yo iluminaré los ojos de tu mujer arrebatada;
A tu hijo le volveré su fuerza y sus colores
Y seré para ese frágil atleta de la vida
El ungüento que fortalece los músculos de los luchadores.
En ti yo caeré, vegetal ambrosia,
Grano precioso arrojado por el eterno Sembrador,
Para que de nuestro amor nazca la poesía
Que brotará hacia Dios cual una rara flor!"
[Trad. Eduardo Marquina]
[Trad. Eduardo Marquina]
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Cantó una noche el alma del vino en las botellas:
«¡Hombre, elevo hacia ti, caro desheredado,
Desde mi cárcel vítrea y mis lacres bermejos,
Un canto de luz y de fraternidad colmado!
Sé cómo es necesario sobre el collado ardiente,
penar y sudar bajo el sol escocedor,
para engendrar mi vida y para darme el alma;
pero yo no he de ser ingrato o malhechor.
Pues disfruto una dicha inmensa cuando caigo
en el garguero de alguien gastado por sus bregas,
y su pecho caliente es una dulce tumba
que me complace más que mis frías bodegas.
¿Escuchas resonar los cantos del domingo
y gorjear la esperanza en mi seno violento?
De codos en la mesa, alzándote las mangas,
me glorificarás y quedarás contento;
Yo encenderé los ojos a tu mujer dichosa,
devolveré a tu hijo su fuerza y sus colores,
seré para ese frágil atleta de la vida
el aceite que pule brazos de luchadores.
Y he de caer en ti, vegetal ambrosía,
precioso grano del eterno Sembrador,
porque de nuestro amor nazca la Poesía
Que subirá hacia Dios una rara flor»
[Trad. Nydia Lamarque]
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