Comparación de las traducciones al español de Eduardo Marquina y Andrés Holguín.
|
I En los pliegues sinuosos de las viejas capitales, Donde todo,
hasta el horror, vuelve a los sortilegios, Espío,
obediente a mis humores fatales, Los seres
singulares, decrépitos y encantadores. Estos
monstruos dislocados fueron antaño mujeres ¡Eponina o
Lais! Monstruos rotos, jorobados O torcidos,
¡amémoslos! son todavía almas Bajo faldas
agujereadas y bajo fríos trapos. Trepan,
flagelados por el cierzo inicuo, Estremeciéndose
al rodar estrepitoso de los ómnibus, Y apretando
contra su flanco, cual si fueran reliquias, Un saquito
bordado de flores o de arabescos; Trotan, muy
parecidos a marionetas; Se arrastran,
como hacen las bestias heridas, O bailan, sin
querer bailar, pobres campanillas De las que
cuelga un Demonio sin piedad. Destrozados Como están,
tienen ojos taladrantes cual una barrena, Brillantes
como esos agujeros en los que el agua duerme en la noche; Tienen los
ojos divinos de la tierna niña Que se
maravilla y ríe a todo cuanto reluce. —¿Habéis
observado que muchos féretros de viejas Son casi tan
pequeños como el de un niño? La Muerte
sabia deposita en esas cajas iguales Un símbolo de
un sabor caprichoso y cautivante, Y cuando
entreveo un fantasma débil Atravesando
de París el hormigueante cuadro, Me parece
siempre que este ser frágil Se marcha muy
dulcemente hacia una nueva cuna; A menos que,
meditando sobre la geometría, Yo no busque,
en el aspecto de esos miembros discordes, Cuántas veces
es preciso que el obrero varíe La forma de
la caja donde se meten todos esos cuerpos. —Esos ojos
son pozos abiertos por un millón de lágrimas, Crisoles que
un metal enfriado recubre con pajuelas... ¡Esos ojos
misteriosos tienen invencibles encantos Para aquel
que el austero Infortunio amamanta! II De Frascati
difunta Vestal enamorada; Sacerdotisa
de Talía, ¡ah!, de la que el apuntador Enterrado
sabe el nombre; célebre evaporada Que Tívole
antaño sombreaba en su flor, ¡Todas me
embriagan! Pero, entre esos seres débiles Los hay que,
haciendo del dolor una miel, Han dicho al
Sacrificio que les prestaba sus alas: Hipógrifo
poderoso, ¡llévame hasta el cielo! La una, por
su patria en la desdicha ejercitada, La otra, que
el esposo sobrecargó de dolores, La otra, por
su hijo Madona traspasada, ¡Todas
habrían podido formar un río con sus lágrimas! III ¡Ah! ¡Cómo he
seguido a esas viejecitas! Una, entre
otras, a la hora en que el sol poniente Ensangrienta
el cielo con heridas bermejas, Pensativa, se
sentaba apartada sobre un banco, Para escuchar
uno de esos conciertos, ricos en cobre Con los que
los soldados, a veces, inundan nuestros jardines, Y que, en
esas tardes de oro en las que nos sentimos revivir, Vierten
cierto heroísmo en el corazón de los ciudadanos. Aquélla,
erecta aún, altiva y oliendo a la regla, Aspirando
ávidamente ese canto vivido y guerrero; Su mirada, a
veces, se abría como el ojo de una vieja águila; ¡Su frente de
mármol parecía hecha para el laurel! IV Tal como
camináis, estoicas y sin quejas, A través del
caos de vivientes ciudades, madres de
sangrante corazón, cortesanas o santas, De las que,
antaño, los nombres por todos eran citados. Vosotras que
fuisteis la gracia o que fuisteis la gloria, ¡Nadie os
reconoce! Un beodo incivil Os enrostra
al pasar un amor irrisorio; Sobre
vuestros talones brinca un niño flojo y vil. Avergonzadas
de existir, sombras encogidas, medrosas,
agobiadas, costeáis los muros; Y nadie os
saluda, ¡extraños destinos! ¡Despojos de
humanidad para la eternidad maduros! Pero yo, yo
que de lejos tiernamente os espío, La mirada
inquieta, fija sobre vuestros pasos vacilantes, Como si yo
fuera vuestro padre, ¡oh, maravilla! Saboreo sin
que lo sepáis placeres clandestinos: Veo
expandirse vuestras pasiones novicias; Sombríos o
luminosos, veo vuestros días perdidos; ¡Mi corazón
multiplicado disfruta de todos vuestros vicios! ¡Mi alma
resplandece de todas vuestras virtudes! ¡Ruinas! ¡Mi
familia! ¡oh, cerebros congéneres! ¡Yo cada
noche os hago una solemne despedida! ¿Dónde
estaréis mañana, Evas octogenarias, Sobre las que
pesa la garra horrorosa de Dios? [Trad.
Eduardo Marquina] |
I donde todo es
prodigio, incluso los horrores, me gusta
espiar, siguiendo mis instintos fatales, a unos seres
decrépitos, raros y encantadores. ¡Estos monstruos deformes fueron antes mujeres!
Lais o Epónina, ¡amémosles! Rotos y contrahechos, son almas
todavía estos trágicos seres. se arrastran,
azotadas por las brisas odiosas, temblando con
el ruido de ruedas y motores, apretando en
sus manos, cual reliquias preciosas, sus saquitos
bordados de filigrana y flores; trotan, cual
marionetas; y, en las frías mañanas, se arrastran
por las calles como bestias heridas, o danzan sin
querer danzar, como campanas que agitara
un Demonio sin compasión. Vencidas, tienen aún
pupilas cortantes como un hacha, brillantes
como el agua que entre un hueco reluce: son los ojos
divinos de la pobre muchacha que se
asombra y que ríe con todo lo que luce. ¿No habéis
visto que muchos ataúdes de ancianas son casi tan
pequeños como el de una criatura? La Muerte
pone en estas dimensiones hermanas un símbolo
macabro; al mirar la figura de estas
débiles sombras que en los atardeceres recorren el
bullicio de París, sin ninguna ilusión, me
parece que estos frágiles seres avanzan
dulcemente hacia una nueva cuna; o pienso,
ante estos seres que la fealdad deforma -haciendo,
como un geómetra, cálculos increíbles- cuántas veces
el arte debe cambiar la forma de las cajas
mortuorias de estos cuerpos horribles. Sus pupilas
son pozos abiertos por los llantos, crisoles que, ya frío, el metal abrillanta.
¡Y tienen estos ojos misteriosos encantos para aquél
que el Dolor desde niño amamanta! II De la antigua Frascati, Vestal enamorada; o vestal de
Talía, cuyo consueta muerto ya conoce su
nombre; famosa evaporada a la que
antaño Tívoli dio sombre entre su huerto, todas ellas
me encantan y el mismo amor me infunden. Hay algunas,
que dicen - trocando en miel su duelo- a aquella
Abnegación con la cual se confunden: "¡Poderoso
Hipogrifo, condúceme hasta el cielo!" La una al
sufrimiento por su patria inmolada; otra al dolor
clavada por su esposo o su hermano, y otra por su
hijo Madona traspasada, ¡cada cual
con sus lágrimas haría un océano! III ¡Ah! ¡Yo he seguido a muchas de estas pequeñas viejas!
Muda y sola, una de ellas, cuando el sol ya muriente enrojece los
cielos con heridas bermejas, va a sentarse
en un banco y oye serenamente uno de esos
conciertos con que a veces divierten a la gente en
los parques nuestros viejos soldados, y que, en
tardes en que uno nace de nuevo, vierten en las lamas
un poco de heroísmos pasados. Ella, aún
orgullosa, pensativa y perpleja, con el canto
guerrero se embriaga ávidamente; su ojo brilla
lo mismo que el de un águila vieja y parece
-hecha en mármol- para el laurel su frente. IV Así avanzáis,
estoicas, sin quejaros, oh ancianas que
atravesáis el caos de la ciudad viviente, madres de
alma sangrante, santas o cortesanas cuyos
nombres, antaño, repetía la gente. ¡A ti que
fuiste un día la belleza o la gloria, nadie te
reconoce! Un inculto borracho te declara,
entre risas, su pasión irrisoria, o te empuja,
al pasar, un cobarde muchacho. Sombras
avergonzadas de existir, encogidas avanzáis
lentamente junto a los viejos muros; nadie os
saluda, ¡oh extrañas y fantasmales vidas, restos
humanos para la eternidad maduros! Pero yo, que
os vigilo de lejos, amoroso, siguiendo
vuestros pasos con ojos siempre inquietos, lo mismo que
si fuera vuestro padre, yo gozo -sin que
podáis saberlo- mil placeres secretos: veo abrirse
otra vez vuestros sueños novicios, vivo de nuevo
vuetras perdidas juventudes, mi alma
multiplicada goza con vuestros vicios ¡y brillan en
mi espíritu todas vuestras virtudes! ¡Oh mi
familia! ¡Oh ruinas! ¡Oh sombras legendarias! ¡Cada noche
os despido con un solemne adiós! ¿Dónde
estaréis mañana, Evas octogenarias, marcadas por
la garra espantable de Dios? [Trad. Andrés
Holguín] |
COMENTARIOS